Hay un momento que probablemente conoces bien. Llegas a clase la semana antes de Pascua, miras a tus veinte niños y niñas de cuatro años, y te preguntas: ¿cómo les cuento esto? No quieres simplificar tanto que se quede en nada. Pero tampoco quieres asustarles con algo que aún no pueden sostener. Esa tensión no es señal de que lo estás haciendo mal. Es señal de que lo estás tomando en serio. Y siempre que tengo ocasión lo digo: ahora el colegio es el lugar donde se enseña esto. No podemos mirar a otro lado.
Hay una salida. No está en elegir entre simplicidad y profundidad. Está en encontrar el centro: la narrativa verdadera, la que los estudiantes de esta edad pueden entender no con la cabeza, sino con el corazón.