Hay una escena que se repite cada mes de septiembre. Entramos en el aula, saludamos, explicamos cómo vamos a trabajar y, en algún momento, entregamos una ficha de evaluación inicial. Diez preguntas. Algunos nombres bíblicos. Quizá una fiesta religiosa, un sacramento y un par de conceptos que el alumnado debería recordar del curso anterior. Recogemos las hojas y descubrimos que muchas están casi en blanco.
La conclusión parece sencilla: «No se acuerdan de nada». Sin embargo, aquella prueba apenas nos ha contado algo importante sobre el grupo. Seguimos sin saber qué preguntas se hacen, cómo interpretan una imagen religiosa, qué experiencias han vivido, qué prejuicios traen o qué lugar ocupa la dimensión espiritual en su manera de comprender el mundo. ¿Podemos hacerlo de otra manera?