Hay un momento en el primer trimestre que muchos profesores y profesoras de Religión conocen bien.
Miras el grupo. Y te das cuenta de que no hay dos alumnos iguales. Uno llega de una familia practicante y conoce de memoria los misterios del rosario. La de al lado no ha pisado una iglesia en su vida. Otro viene de una familia musulmana y está en clase de Religión Católica porque sus padres quisieron que conociera las raíces culturales del país. Hay quien tiene dificultades de lectura, quien aprende a una velocidad que deja atrás al resto, quien ese día no ha desayunado y quien necesita que le mires a los ojos antes de que pueda escuchar cualquier cosa que le digas. Eso no es un problema. Eso es el aula de Religión. Y lejos de ser una excepción, es exactamente la misma situación que vivió Jesús.