Junio tiene una manera muy particular de entrar en el aula. Entra con carpetas medio vacías, estuches cansados, mochilas que ya pesan poco. Con esa mezcla rara de alegría, calor, nervios y despedida que los últimos días de curso llevan consigo. El alumnado lo sab y el profesorado, también. Y a veces, precisamente por eso, aparece una tentación muy comprensible: llenar esos días con actividades bonitas, entretenidas, rápidas, que permitan llegar al final sin demasiada tensión. Lo entiendo. De verdad que lo entiendo. Pero en Religión podemos hacer algo más... ¿no?