Hay un momento, cuando llegan los últimos días del trimestre, en el que el aula queda en silencio. Las mesas se vacían, los pasillos se apagan y, por fin, la prisa afloja. Es entonces cuando la Navidad deja de ser calendario y se convierte en pregunta personal: ¿desde dónde estoy enseñando?, ¿qué me sostiene?, ¿qué lugar ocupa Dios en mi tarea cotidiana?
Esta oración no pretende añadir palabras a lo que ya hacemos durante el curso. Quiere, más bien, poner nombre a lo vivido, ofrecer un espacio de descanso interior y permitir que la Navidad alcance también a quienes enseñamos Religión desde la entrega diaria, muchas veces silenciosa.