El curso comienza. Las aulas se llenan de mochilas, nombres nuevos, nervios, reencuentros y muchas expectativas. Como docentes de Religión Católica, también nosotros regresamos a la rutina con un llamado renovado: educar evangelizando y evangelizar educando, como nos recuerda el magisterio de la Iglesia.
Y sí, quizás todavía estamos lejos de Navidad o de la Semana Santa, de grandes celebraciones o momentos especiales, pero también el “tiempo ordinario” está lleno de gracia. No todo lo sagrado ocurre en lo extraordinario. En la calma de lo diario, en el gesto repetido de entrar en clase, preparar una oración, saludar con nombre propio a cada alumno… allí también se encarna el Evangelio.
El tiempo ordinario no es tiempo vacío. Es tiempo sembrado. Tiempo de procesos, de encuentros, de siembra profunda, que muchas veces no florece en nuestras manos, pero sí en sus corazones. Por eso, este nuevo curso es una oportunidad privilegiada para volver al aula con mirada creyente, conscientes de que lo que hacemos va mucho más allá del temario.