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Espacio personal

Profesores Religión Católica Edebé

Hoy es uno de esos días en que la dureza del invierno se hace presente. Una amorosa bufanda y unos guantes calentitos me acompañan en mi paseo. Mientras recorro las calles ya engalanadas a la espera de las fiestas navideñas, la nostalgia me invade y un bonito recuerdo de la infancia me visita. Recuerdo cuando todavía estábamos todos los hermanos en casa de mis padres. Año tras año, como costumbre familiar, había “riñas” en los cumpleaños y nos enfadábamos si no recibíamos regalos. Pero en una cosa siempre estábamos de acuerdo: la fiesta más bonita de todas era el cumpleaños de nuestra madre.

Aquel día no teníamos que reivindicar regalos, puesto que desde nuestra pequeña estatura ya nos dábamos cuenta de que la fiesta de la madre era a la vez nuestra fiesta. Desde la sencillez y la naturalidad características de una madre, vivía desprendida de afectos y plenamente dedicada a sus hijos. Su alegría no era otra que regalar y compartir con sus hijos su alegría. A pesar de no tener ningún mérito, nos hacía disfrutar del espíritu festivo de la celebración como si tuviéramos algún derecho. Hasta llegar así a confesar, un poco “avergonzados”, que nos sentíamos coprotagonistas con ella.

A buen seguro que muchos de vosotros estaréis de acuerdo conmigo. La fiesta de una madre es a la vez la fiesta de sus hijos e hijas. Pues bien, hoy la iglesia se viste de gala para conmemorar una de las fiestas más bonitas de la dulce Virgen María. Y tú y yo, como hijos e hijas de “derecho divino” de la Nueva Eva, nos sumamos con entusiasmo y orgullo a este convite.

¿Quién de nosotros no ha “fardado” alguna que otra vez, siendo niño, de su madre con los compañeros de la escuela? Sin duda, es inevitable. Quien diga que no, miente. La explicación es clara. El motivo radica en estas sabias palabras de Jesús: “De la abundancia del corazón, habla la boca”.

Cuando nuestro corazón está lleno a rebosar de un amor auténtico que experimenta la misericordia, prueba la ternura, palpa el afecto y escucha melodías de paciencia, un deseo abrasador despierta la necesidad poderosa de expresar con palabras estos sentimientos. Palabras que encuentran respuesta en un nombre propio: la Virgen María. Un nombre que hace justicia a su significado: la pureza, la belleza, la grandeza, la humildad, la docilidad, la sencillez y la compasión.

Pues bien, ahora se nos presenta la ocasión de levantar de nuevo nuestros ojos agradecidos hacia María. Abrir el corazón, llenarnos de su dulce maternidad y dejar que ella satisfaga el deseo profundo de amor de nuestro corazón insatisfecho. En este gesto de permanecer juntos con la madre, su corazón se llena de un profundo gozo. La alegría que solo puede dar el amor que nace de la inocencia de un corazón de niño, sincero y profundo.

Y paso a paso, el agradecimiento sincero se convierte en contemplación. Una contemplación pausada y reflexiva de las virtudes de María y de la belleza de su corazón. Una contemplación que, si es forjada en el seno de un corazón que busca sinceramente la verdad, atravesará las fronteras del “yo” e irá al encuentro del “tú”. De aquel a quien le falta la razón de vivir, la sonrisa de saberse querido y la mano tierna de una madre que lo acompañe en el caminar.

Así, si de verdad queremos caminar de la mano de María, hoy tenemos la oportunidad. Miramos el calendario y nos advierte de que es 8 de diciembre. Fiesta llamada tradicionalmente de la Inmaculada Concepción de María. Esta festividad nos brinda la alegría de conocer con más detalle a nuestra Madre Celestial. De dejarnos envolver por su manto protector. De adentrarnos en su corazón purísimo y poder, así, captar una chispa más del misterio de su Corazón virginal.

En este gesto, no estamos solos, sino que María nos lidera y nos guía. Acompañada de un ejército de ángeles que la protegen y custodian en el cielo, María festeja con nosotros este día entonando un cántico celestial.

El Magníficat es la elección de María. En este bonito y emotivo cántico, María desnuda su alma para que la podamos conocer e imitar.

En Nazaret, en la humilde casa de una familia tradicionalmente judía, una muchacha de quince años es la elegida para recibir una visita Real. La chica, llamada María, será la anfitriona. Recibirá en su hogar al embajador real. Un mensajero que le llevará la Buena Nueva. Una noticia que hará temblar, que romperá los esquemas y, sin duda, que desorientará a la jovencita. Pero María no cuestiona, ni vacila, ni pone obstáculos al Plan de Dios.

La respuesta de María ante la visita del Altísimo es la de una chica profundamente sencilla y grande a la vez.

“He aquí la sierva del Señor, que se haga en mí según tu voluntad”. Con estas palabras, María se arrodilla ante su Creador con la actitud del niño que se siente seguro cogido de la mano de su Padre. En este gesto, María contempla frente a frente su condición de criatura. Admite su pequeñez y su necesidad. Reconoce que todo lo que ha recibido ha sido un don inmerecido. Y su respuesta no es otra que la actitud de agradecimiento filial. Un agradecimiento que llega hasta los límites de la generosidad, la donación de aquello que nos es más propio, la propia libertad. Hasta llegar, así, a hacerse sierva.

Una servidumbre que no encaja con la imagen histórica que tenemos del término. No se refiere a un sometimiento físico, ni mucho menos a permitir injusticias ni ningún tipo de abusos. Todo lo contrario.

En la Anunciación, mediante aquellas preciosas palabras, el Espíritu Santo marca un rumbo nuevo. Conduce a María hacia un horizonte de paz y libertad interior. Un camino de donde brota una auténtica libertad nacida del profundo y sincero reconocimiento de la verdadera identidad. Otorgando, así, el coraje necesario para escuchar el rumor suave y constante de nuestro interior. Y poder responder a las preguntas existenciales que se dibujan en el corazón de todo hombre que busca sinceramente la verdad: Quién soy, de dónde vengo y hacia dónde voy.

María, criatura como nosotros, en su juventud recorrió también un camino interior en busca de respuestas que satisficieran su sed de verdad. Una búsqueda que se encuentra con la mano providente del Buen Dios que siempre va al encuentro de aquellos que lo buscan sinceramente. Es, pues, aquel 25 de marzo ante la presencia del ángel cuando todas sus preguntas fueron respondidas. En aquel instante, María vive el momento más trascendental de su vida. Descubre la razón por la cual fue soñada y creada desde toda la eternidad por el Dios y Señor de Cielos y Tierras.

El alma de María canta de alegría ante la misericordia del Buen Dios. Un Dios que no se cansa en su esfuerzo por darse a conocer y forjar una relación de amistad con sus hijos e hijas. Durante décadas y décadas, encomienda a hombres y mujeres de buena voluntad la misión de llevar su mensaje de amor a la tierra. Pero movido por su ardiente deseo de reencontrarse con los suyos, da un paso más. Decide estar en nosotros. Vivir entre nosotros y ser como uno de nosotros. Y para cumplir su Plan Maestro necesita de la ayuda incondicional de una colaboradora, merecedora de la mayor confianza. Y aquí es donde aparece en la historia la figura de nuestra querida Virgen María.

Ahora entendemos, por tanto, que el Señor en su infinita bondad y grandeza quisiera proteger a María de toda mácula de pecado. Así, desde su concepción hizo de su alma una patena destinada a dar vida al Hijo del Altísimo. Tocada con el don de la gracia purísima, todo su ser fue custodiado para acoger el don más grande. Su firmeza y su rotundidad en su «Fiat», en su Sí, es signo inconfundible de la grandeza de su alma. Una grandeza que nace de su sincero reconocimiento de la condición de criatura. Un reconocimiento que va mucho más allá de unas bonitas palabras, ya que es garantía del testimonio de su vida. Una vida gastada por amor.

María, madre mía y madre nuestra, con tu vida nos has dejado un testimonio que es más valioso que todos los consejos que podamos recibir y todos los libros que lleguemos a leer a lo largo de nuestra existencia.

Tú eres mi maestra. Me recuerdas mi gran dignidad como hijo de Dios Padre. Me alientas a abrazar este bonito regalo, a andar por este camino y a no mirar atrás. Me presentas a Aquel que es el mejor amigo que uno pueda soñar. La amistad con Jesús, el compañero Fiel, es tu regalo para mí. Me ofreces tu mano protectora para caminar, especialmente en las horas de más oscuridad. Me curas de mis heridas enseñándome la medicina de la oración. Y lo que es más precioso para mí son tus palabras, que resuenan en mi corazón: “Estoy contigo, hijo mío”.