Refugiados y misericordia, La Buena Mentira

ParecRefugiadose que en estos últimos días el aluvión mediático de noticias locales, los datos estadísticos sobre la liga, la lesión de alguna que otra superestrella… han ahogado literalmente el problema de los refugiados.

Ofrecemos en este post una propuesta de trabajo con la película La buena mentira, que muestra cómo, gracias a la misericordia practicada por algunas personas, la situación de algunos refugiados puede mejorar.

Para los profesores de Religión Católica puede ser un buen instrumento a la hora de relacionar el inminente comienzo del Año de la Misericordia con una situación de rabiosa actualidad como es la de los refugiados.

 

Ficha técnica

  • Película: La buena mentira.
  • Título original: The Good Lie.
  • Dirección: Philippe Falardeau.
  • País: EE.UU. Año: 2014. Duración: 110 min. Género: Drama.
  • Interpretación: Reese Witherspoon, Corey Stoll, Thad Luckinbill, Sarah Baker, Sharon Conley.
  • Guion: Margaret Nagle.
  • Producción: Brian Grazer.
  • Música: Martin Leon.
  • Fotografía: Ronald Plante.
  • Montaje: Richard Comeau.

 

Crítica

Tras la exitosa Profesor Latzar, el canadiense Philippe Falardeau vuelve a las pantallas con una nueva propuesta cargada de buenas intenciones y de humanidad.

La buena mentira aborda una historia inspirada en hechos reales: la acogida en Estados Unidos de un grupo de hermanos refugiados de la guerra de Sudán. Cuando los hermanos llegan a América son acogidos por Carrie (Reese Witherspoon), una trabajadora social con una vida bastante desorganizada que pronto queda impresionada por la calidad humana de los hermanos. Estos, a pesar de la alegría de sentirse en un país seguro, viven con desazón el haberse separado de una hermana que ha sido enviada a otra ciudad. Por otra parte, a todos les persigue el recuerdo de su hermano mayor, que, siendo niño, murió en Sudán mintiendo a los soldados asegurándoles que estaba solo cuando en realidad ocultaba a sus hermanos pequeños. La mentira del hermano fue una buena mentira porque salvó la vida de los otros niños.

Estamos ante una película eminentemente pedagógica con dos partes bien diferenciadas. La primera nos adentra en la guerra de Sudán, en la tragedia de los niños asesinados y perseguidos, de las masas de refugiados, del dolor terrible de la guerra. La segunda parte nos presenta la llegada a Estados Unidos, con el choque de costumbres, la adaptación a la cultura y las dificultades para reorganizar la vida en un contexto totalmente distinto.

Falardeau, con un gran sentido didáctico, nos obliga a reflexionar –junto con la trabajadora social, Carrie– sobre temas que parecen superados por una sociedad acomodada y rica: el valor de la familia, el sentido de la gratitud, la humanización de la fe cristiana, el poder de la oración, la honestidad, la fidelidad a la palabra dada, el sacrificio por el otro…

Todos esos valores que los acogidos sudaneses viven con naturalidad van desproveyendo a Carrie y a sus asesores norteamericanos de la prepotencia moral del poderoso. Los acogidos son mucho mejores que los acogedores y ayudan a estos a conocerse a sí mismos y a descubrirse para cambiar. Los norteamericanos van por la vida deprisa, sin saborear lo humano y lo humilde; por más cosas que poseen no tienen un trasfondo que les dé sentido a sus vidas. Desde aquí descubrimos que acoger al otro es mucho más que darle cobijo, significa descubrir todo lo que hay de bueno en él y hacer que eso toque tu fibra.

La película se ve con agrado. La fotografía, la música y la realización son más que dignas. Por otra parte, Falardeau ha contado con actores sudaneses que han sido víctimas reales de la guerra, lo que dota de veracidad a la narración. Sus rostros y sus miradas transparentan la historia de almas puras marcadas por el dolor, la separación y la bondad.

Con una realización sencilla, correcta y didáctica, La buena mentira se ve con agrado desde el comienzo y constituye una lección de humanidad capaz de tocar, sin sensiblería, el corazón del espectador, que es invitado a repensar los valores que le mueven.

Falardeau nos dice que la vida es un don que hay que valorar con sencillez. El amor, la bondad y el sacrificio ayudan a ser más felices. Esa es la gran lección que nos dan los refugiados sudaneses protagonistas del filme. Esas sufrientes víctimas de la guerra se han convertido en portadores de esperanza y en profetas de humanidad que testimonian que amar es dar la vida.

Esto es lo que nos dicen estos chicos sudaneses. En su historia no caben medias tintas… no cabe la mentira.

 

JOSAN MONTULL