Niño Dios y otras narraciones para Educación Infantil

Niño¿Niño Dios en septiembre? Aunque acabamos de empezar el curso, sabemos que en poco tiempo estaremos preparando los festivales de Navidad y con nuestros queridos alumnos de Infantil es todo más fácil cuando se programa con tiempo. En esta entrada os dejamos unas narraciones y dramatizaciones que nos pueden ayudar a trabajar diferentes aspectos con nuestros alumnos de Infantil.

 

 

Dialoguillo de pastores

Al pastor Ginesillo

se le apareció el ángel más ángel,

el Anunciador.

 

De la Gloria bajan unos mensajeros

con alas azules

y rubios cabellos.

¿Serán astronautas del hermoso cielo?

—Dicen que son ángeles.

—¡Qué suerte tenemos!

 

—¿Vuelves, Ginesillo?

—Ya vuelvo.

—¿Qué tal?

—Com o un Sol rebrilla, le vi en el portal.

 

—Llegad, llegad despacio junto a la Virgen.

El Niño se ha encogido para dormirse…

 

—¿Por qué lloras, pastor?

—Porque perdí una oveja.

—Ahí tienes un Cordero, es blanco y tiembla.

—Se ha despertado el Niño Dulce y llo ra.

¡Cantad! ¡Cantad ahora!

—Se ha despertado el Niño, el Niño Dulce y llora.

¡Cantad!

¡Al son de la nieve, cantad!

—Venid, pastorcillos. Sonad, campanillas.

Un niño en mantillas

que despide luz.

 

—Fijaos qué Madre,

parece una niña,

se llama María, y el Niño Jesús.

 

—Llegad, llegad despacio junto a la Virgen.

El Niño se ha encogido.

—Llegad, llegad despacio junto a la Virgen.

El Niño se ha encogido para dormirse…

—Callad, pastorcitos, no le despertéis.

¡Dejad el pandero!

¡Dejad el rabel!

—Callad, airecicos, no le despertéis.

—Callad, arroyuelos, dejad de correr.

—Callad, pajaritos, no le desveléis.

Dejad que descanse, ya le cantaréis.

(…)

Gloria Fuertes

 

El ángel de los niños

Cuenta una leyenda que a un angelito que estaba en el cielo le tocó su turno de na- cer como niño. Entonces, le dijo a Dios:

—Me dicen que me vas a enviar mañana a la Tierra. Pero, ¿cómo viviré allí? Soy tan pequeño e indefenso…

—Entre muchos ángeles he escogido uno para ti, que te está esperando y te cuidará.

—Pero aquí en el cielo no hago más que cantar y sonreír, eso me basta para ser fe- liz.

—Tu ángel te cantará, te sonreirá todos los días y tú sentirás su amor y serás feliz.

 

—¿Y cómo entenderé lo que la gente me diga, si no conozco el extraño idioma que hablan los hombres?

—Tu ángel te dirá las palabras más dulces y más tiernas que puedas escuchar, y con mucha paciencia y con cariño te enseñará a hablar.

 

—¿Y qué haré cuando quiera hablar contigo?

—Tu ángel te juntará las manitas, te enseñará a orar y podrás hablarme.

 

—He oído que en la Tierra hay hombres malos. ¿Quién me defenderá?

—Tu ángel te defenderá incluso a costa de su propia vida.

 

—Pero estaré siempre triste porque no te veré más, Señor.

—Tu ángel te hablará siempre de mí y te enseñará el camino para que regreses a mí, aunque yo siempre estaré a tu lado.

 

En ese instante, una gran paz reinaba en el cielo, pero ya se oían voces terrestres. El niño, presuroso, repetía con lágrimas en sus ojitos y sollozando…

—¡Dios mío, si ya me voy, dime su nombre! ¿Cómo se llama mi ángel?

—Su nombre no importa, tú la llamarás: mamá.

Cuento de autor anónimo extraído de la página de internet:

www.elalmanaque.com

 

El Príncipe Feliz (adaptación de un cuento popular de Oscar Wilde)

En la parte más alta de aquella ciudad se alzaba la estatua del Príncipe Feliz. Tenía en los ojos dos zafiros y un gran rubí rojo ardía en el puño de su espada. Era una estatua muy ad- mirada.

Una noche, una golondrinita llegó a la ciudad. Seis semanas antes sus amigas habían partido para Egipto, pero ella se había quedado atrás.

—¿Dónde encontraré refugio? —se dijo la pequeña golondrina. Entonces, divisó la estatua del Príncipe Feliz.

—¡Voy a cobijarme allí! —exclamó—. El sitio es bonito. Hay mucho aire fresco.

La golondrina se acurrucó entre los pies del Príncipe Feliz y se dispuso a dormir. Pero en el momento en que iba a colocar su cabeza bajo el ala, le cayó encima una pesada gota de agua.

—¡Qué curioso! —exclamó—. No hay una sola nube en el cielo, las estrellas están claras y brillantes… ¡y, sin embargo, llueve! El clima del norte de Europa es verdaderamente extra- ño.

Y entonces, una nueva gota de agua cayó sobre su cabeza.

—¿Para qué sirve una estatua si no resguarda de la lluvia? —se dijo la golondrina.

Y se dispuso a volar en busca de otro lugar donde cobijarse. Pero antes de que abriese las alas, le cayó encima una tercera gota. La golondrina miró hacia arriba y entonces descubrió el rostro del Príncipe Feliz. Sus ojos estaban llenos de lágrimas que corrían sobre sus bri- llantes mejillas de oro.

—¿Quién eres? —le preguntó la golondrina.

—Soy el Príncipe Feliz.

—Y… si eres feliz, ¿por qué lloras?

—Cuando yo estaba vivo y tenía un corazón de hombre, no sabía lo que eran las lágrimas, porque vivía en el Palacio de la Despreocupación —le explicó el Príncipe—. Durante el día, jugaba en el jardín, y por la noche, bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba una muralla altísima, nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me rodeaba era hermosísimo. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, yo era feliz. Así viví y así morí. Pero ahora que soy estatua, me han elevado tanto que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de la ciudad. Y aunque mi corazón es de plomo, a menudo siento ganas de llorar.

La pequeña golondrina revoloteó hasta el hombro del Príncipe y siguió escuchando con atención.

—Allí abajo —dijo el Príncipe—, hay una humilde vivienda. Tras una de sus ventanas puedo ver a una mujer sentada ante una mesa. Su rostro está triste y tiene las manos hinchadas y llenas de pinchazos de aguja porque es costurera. En una cama está su hijito enfermo. Su madre sólo puede darle agua del río, por eso llora. Golondrina, golondrinita, ¿quieres llevarle el rubí del puño de mi espada? Mis pies están sujetos al pedestal, y no me puedo mover.

—Me esperan en Egipto —respondió la golondrina.

—Golondrina, golondrina, golondrinita —insistió el Príncipe—, ¿por qué no te quedas con- migo una noche y eres mi mensajera? ¡Tiene tanta hambre el niño y tanta tristeza la madre!

—De acuerdo —dijo ella—, me quedaré una noche y seré tu mensajera.

—Gracias, golondrinita —respondió el Príncipe.

Entonces, la golondrinita arrancó el gran rubí de la espada del Príncipe y, llevándolo en el pico, voló sobre los tejados de la ciudad. Entró en la habitación de la costurera y dejó el rubí sobre la mesa, junto a su dedal.

Después, voló hasta el hombro del Príncipe Feliz, le contó lo que había hecho y se durmió feliz. A la mañana siguiente…

—¿Tenéis algún encargo para Egipto? —preguntó la golondrina al príncipe—. Voy a em- prender la marcha.

—¡Golondrina, golondrina, golondrinita! —dijo el Príncipe—. ¿Por qué no te quedas otra no- che conmigo?

—Me esperan en Egipto —respondió la golondrina.

—¡Golondrina, golondrina, golondrinita! —dijo el Príncipe—, allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa cubierta de pape- les. Se esfuerza en terminar una obra para el director del teatro, pero siente demasiado frío para escribir más. No hay fuego ninguno en el aposento y el hambre le ha rendido.

—Me quedaré otra noche —dijo la golondrina, que tenía muy buen corazón—. ¿Debo lle- varle otro rubí?

—No tengo más rubíes —se lamentó el Príncipe—. Pero mis ojos son dos zafiros extraordi- narios. Arranca uno de ellos y entrégaselo al joven. Él lo venderá a un joyero y podrá com- prarse alimento.

—Amado Príncipe —dijo la golondrina—, no puedo hacer eso. Y se puso a llorar.

—¡Golondrina, golondrina, golondrinita! —dijo el Príncipe—. Haz lo que te pido.

Entonces la golondrina arrancó el ojo del Príncipe, voló hasta la buhardilla del estudiante y dejó el hermoso zafiro sobre la mesa. El joven parecía completamente feliz.

Al día siguiente la golondrina se despidió del príncipe.

—He venido para deciros adiós —le dijo.

—¡Golondrina, golondrina, golondrinita! —exclamó el Príncipe—. ¿Por qué no te quedas otra noche conmigo?

—Es invierno —replicó la golondrina—, y pronto estará aquí la nieve.

—Allá abajo —dijo el Príncipe Feliz—, tiene su puesto una niña vendedora de cerillas. Ha tro- pezado y todas las cerillas se le han caído al arroyo. No tiene medias, ni zapatos y lleva la cabeza al descubierto. Arranca el zafiro de mi otro ojo y dáselo.

—Pasaré otra noche contigo —le dijo la golondrina—, pero no puedo hacer lo que me pides porque entonces te quedarás ciego.

—¡Golondrina, golondrina, golondrinita! —dijo el Príncipe—. Haz lo que te mando.

La golondrina desprendió el zafiro, voló hasta el hombro de la vendedora de cerillas y dejó  la joya en la palma de su mano.

Después, la golondrina revoloteó de nuevo hasta el Príncipe.

—Ahora estás ciego —le dijo—. Por eso me quedaré contigo para siempre.

—No, golondrinita —dijo el Príncipe—. Tienes que ir a Egipto.

—¡Me quedaré contigo para siempre! —insistió la golondrina. Y se durmió entre los pies del Príncipe.

—Querida golondrinita —dijo el Príncipe al día siguiente—, vuela por la ciudad y cuéntame todo lo que veas.

La golondrinita voló por la gran ciudad y vio a los ricos que festejaban en sus magníficos palacios, mientras los mendigos estaban sentados a sus puertas. La golondrina le contó al Príncipe lo que había visto.

—Estoy cubierto de oro fino —le explicó el Príncipe—. Despréndelo hoja por hoja y dáselo a los mendigos.

Hoja por hoja arrancó la golondrina el oro fino hasta que el Príncipe Feliz se quedó sin bri- llo ni belleza. Y lo distribuyó entre los pobres, y las caras de los niños se tornaron de nue- vo sonrosadas y rieron.

Entonces llegó la nieve y después de la nieve el hielo. La pobre golondrina tenía frío, cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe, le amaba demasiado para hacerlo. Y un día, la golondrina sintió que iba a morir. No tuvo fuerzas más que para volar una vez más sobre el hombro del Príncipe y despedirse de él. En ese mismo instante se oyó un extraño crujido en el interior de la estatua. El corazón del príncipe se había partido en dos.

A la mañana siguiente, el alcalde se paseaba por la plazoleta y, al pasar junto al pedestal, miró hacia la estatua.

—¡Dios mío! —exclamó—. ¡Qué andrajoso está el Príncipe Feliz! Y decidió derribar la estatua y fundirla en un horno.

—¡Qué cosa más rara! —dijo el encargado de la fundición—. El corazón del Príncipe no quie- re fundirse… ¡Habrá que tirarlo como desecho!

Y los fundidores arrojaron el corazón de plomo en el montón de basura donde yacía el cuer- po de la golondrina.

Mientras tanto, en el cielo…

—Tráeme las dos cosas más preciosas que encuentres en la ciudad —pidió Dios a uno de sus ángeles.

Y el ángel le llevó el corazón de plomo y el cuerpo de la golondrina.

—Has elegido bien —dijo Dios—. En mi jardín del Paraíso este pajarillo cantará eternamen- te, y en mi ciudad de oro, el Príncipe Feliz repetirá mis alabanzas.

 

Estas narraciones se pueden descargar aquí en formato imprimible.