Carta de Don Bosco sobre los castigos

Castigos no por favorComienza el curso. Y es bueno que los educadores dediquen unos momentos a revisar su práctica docente. Os dejamos aquí un tesoro de la tradición salesiana. La circular sobre los castigos que deben inflingirse en las casas salesianas. Aunque los castigos se deben evitar por todos los medios posibles, si hay que aplicarlos, aquí os dejamos una pequeña “guía” para hacerlo de la manera más instructiva posible heredada de la tradición salesiana.

Introducción

Esta carta estaba escrita de puño y letra por don Rúa, incluso la firma Sac. Giovanni Bosco, pero parece ser que ni siquiera llegó a sus destinatarios, los directores de las casas salesianas, quizás a causa del título poco atrayente, que, por cierto, no refleja el contenido, ya que más bien apunta a la corrección amorosa que a los castigos. Don Bosco era poco amigo de castigos. En unas buenas noches de agosto de 1863 lo dice con franqueza a los jóvenes: «Os lo digo claramente: aborrezco los castigos, no me gusta dar un aviso amenazando con penas a los que faltan; no es este mi sistema» (MB 7,503). Por esto algunos piensan que, dada la mentalidad de don Bosco, sus colaboradores metieron el documento en el archivo sin darse cuenta de la riqueza de matices que ofrecía a propósito de la corrección (P. BRAIDO, Il sistema preventivo p. l79, nota 76).

Antes de alejarse largo tiempo del oratorio y de Italia, don Bosco dejó a don Rúa el encargo de entregar o enviar a los directores una larga carta suya sobre un punto de capital importancia en la aplicación del sistema preventivo. De intención la fechó en la fiesta de san Francisco de Sales, no solo por ser la vigilia de su partida, sino, sobre todo, porque se refería a un tema que interpretaba el espíritu de san Francisco de Sales en uno de los deberes más delicados de la tarea del educador. Don Rúa había hecho preparar un número suficiente de copias, pero poco a poco el texto de la exhortación cayó en el olvido. Una única copia, encontrada casualmente en 1935, nos restituyó el documento; otras tres fueron descubiertas más tarde en 1954, realizadas con gran cuidado; pero hasta la fecha no se ha podido encontrar el autógrafo, aunque hay esperanzas de dar con él. Mientras tanto, alguna copia con rasgos caligráficos de don Berto, secretario particular del santo, es prueba de que nos hallamos ante un documento original del santo pedagogo, y lo confirman, por otra parte, el contenido, el estilo y todo el planteamiento.

Sus páginas subrayan de forma reiterativa la amorevolezza, expresión típica, verdadero tecnicismo en su léxico pedagógico, sin traducción satisfactoria al castellano. Significa a la vez: ‘amabilidad, cariño, afecto familiar de padre y hermano mayor’. Se exhorta constantemente al educador a identificarse con la actitud paterna. Es curioso constatar cómo el tema anunciado por el título, los castigos, solo se desarrolla en el último apartado y en forma no muy lucida, si se compara con la gran riqueza de matices sugeridos al educador. El autor, que se propuso el tema de la represión, se mantiene en tesitura de sistema preventivo en medio de la variada y difícil casuística que insinúa. La reflexión avanza serena, cálida y majestuosa, esmaltada con alusiones bíblicas, rehuyendo análisis artificiales, por más que pudieran catalogarse en el escrito hasta diez grados de corrección.

Dos años y medio después, el 6 de agosto de 1885, don Bosco escribe a don Cagliero (Epistolario 4,328): «Estoy preparando una carta a don Costamagna, y para tu norma te comunico que trataré en particular del Espíritu Salesiano (con mayúsculas en el original) que queremos introducir en las casas de América: caridad, paciencia, dulzura, nunca reproches humillantes, nunca castigos; hacer bien a cuantos más se pueda, a nadie hacer mal». La carta anunciada fue escrita cuatro días más tarde (Epistolario 4,332). En ella don Bosco dice que, con ocasión de los ejercicios espirituales, «quisiera dar a todos una conferencia sobre el Espíritu Salesiano que debe animar nuestras acciones y todas nuestras palabras. El sistema preventivo sea siempre nuestra característica: nunca castigos penales, nunca palabras humillantes, evitar reproches severos en presencia de otros. En las aulas resuenen palabras de dulzura, de caridad y de paciencia. Nunca expresiones mordaces ni bofetones fuertes o ligeros. Úsense castigos negativos y siempre de manera que los reprendidos queden más amigos que antes, sin que tengan que alejarse humillados de nuestro lado… Cada salesiano arréglese para ser amigo de todos, no se vengue, sea fácil en perdonar y no vuelva sobre cosas ya perdonadas… La dulzura al hablar, al actuar y al avisar lo gana todo y gana a todos».

 

CARTA CIRCULAR SOBRE LOS CASTIGOS QUE SE DEBEN INFLIGIR EN LAS CASAS SALESIANAS

(Epistolario 4, 201-209)

Mis queridos hijos:

 

A menudo, y de distintas partes, me llegan, ora preguntas, ora fervientes súplicas, con el fin de que me decida a dictar reglas a los directores, a los prefectos y a los maestros que les sirvan de norma en los casos desagradables en que fuera menester imponer algún castigo en nuestras casas. De sobra os dais cuenta de los tiempos en que vivimos, y con qué facilidad la más mínima imprudencia puede acarrearnos gravísimas consecuencias. En mi afán de secundar vuestros ruegos, y a fin de evitarme y evitaros no pequeños sinsabores, y sobre todo para hacer el mayor bien posible a los jovencitos que la Divina Providencia quiso confiar a nuestros cuidados, os dirijo estos consejos y estos preceptos, que, si los practicáis, como espero, os ayudarán eficazmente en la santa y ardua tarea de educar religiosa, moral e intelectualmente.

En general, el sistema que nosotros hemos de emplear es el llamado preventivo, que consiste en disponer de tal modo el ánimo de los alumnos que sin violencias se dobleguen a nuestro querer. Al recordaros, pues, este sistema, pretendo indicaros que no han de usarse medios coercitivos, sino de persuasión y caridad.

Aunque la humana naturaleza, demasiado inclinada al mal, tenga a veces necesidad de ser espoleada con la severidad, paréceme bien proponeros algunos medios, los cuales, con la ayuda de Dios, espero os han de llevar a metas consoladoras. Ante todo, si queremos presentarnos como amigos del auténtico bien de nuestros alumnos, si queremos obligarles al cumplimiento de sus deberes, no olvidemos nunca que representamos a los padres de esta amada juventud, que fue siempre tierno objeto de mis desvelos y afanes, de mi sacerdotal ministerio y de nuestra Congregación salesiana. Si, pues, habéis de ser verdaderos padres de vuestros alumnos, es preciso que tengáis corazón de padres y jamás uséis la reprensión y el castigo sin razón, sin justicia, sino solamente como quien tiene que resignarse a ello por necesidad y para cumplir un doloroso deber. Quiero exponeros en este lugar los verdaderos motivos que podrían induciros a la reprensión, los castigos que en este caso deben adoptarse y quiénes los han de aplicar.

 

No castiguéis nunca sino después de haber agotado otros medios

¡Cuántas veces, mis queridos hijos, en mi larga carrera, he tenido que convencerme de esta gran verdad! Es, ciertamente, más fácil irritarse que tener paciencia, amenazar a un niño que tratar de convencerlo; diría que es también más cómodo a nuestra impaciencia y soberbia castigar a los traviesos que corregirlos, soportándolos con benignidad y firmeza.

La caridad que os recomiendo es la misma que usaba san Pablo con los fieles recién convertidos; caridad que a menudo le hacía llorar y orar incesantemente cuando se le mostraban menos dóciles y no correspondían a su celo incansable. Por consiguiente, recomiendo encarecidamente a todos los educadores que empleen antes que nada la corrección fraterna con sus hijos, haciéndola en privado, o, como suele decirse, in camera caritatis. Jamás se reprenda en público, directamente; a no ser que se trate de impedir el escándalo o de repararlo, si por desgracia se hubiese dado.

Si, hecha la primera amonestación, no se advirtiera ningún provecho, acúdase a otro superior que tenga sobre el culpable influencia; y, en todo caso, recúrrase a nuestro Señor. Yo querría que la actitud de todo salesiano fuera siempre la de Moisés: actitud de aplacar al Señor, justamente indignado contra Israel, su pueblo. He pedido comprobar que raras veces surte buen efecto el castigo dado de improviso y sin haber antes usado otros medios. «Nada puede, dice san Gregorio, forzar un corazón que es como plaza inexpugnable, sin el afecto y la dulzura».

Manteneos firmes en buscar el bien e impedir el mal; sed, sin embargo, siempre dulces y prudentes. Sed perseverantes y amables y veréis cómo Dios os hará dueños hasta de los corazones menos dóciles. Sé muy bien que esta perfección es muy difícil, especialmente para nuestros maestros y asistentes jóvenes… No quieren tratar a los muchachos como sería menester; no hacen más que castigarlos materialmente sin ningún resultado; o lo dejan correr todo, o los golpean sin ton ni son.

Esta es la causa de que el mal se propague, cunda el descontento entre los mejores, y que el que hizo la corrección se incapacite para hacer el bien. Una vez más he de ofreceros como ejemplo mi propia experiencia.

He tropezado a menudo con caracteres tan tercos, tan reacios a toda insinuación buena que no me daban ninguna esperanza de salvación, y sentía la necesidad de tomar medidas severas con ellos y, he aquí, que solo por la caridad se doblegaron.

Quizá nos parezca, a veces, que tal muchacho no saca provecho de nuestras correcciones, cuando, a lo mejor, existen en su corazón óptimas disposiciones para secundarnos, y que nosotros daríamos de mano por un mal entendido rigorismo, exigiendo al culpable grave e inmediata reparación.

En primer lugar os diré que él tal vez cree no haber desmerecido tanto con aquel yerro, cometido más por ligereza que por malicia; más de una vez, llamados algunos de estos muchachos revoltosos, y tratados dulcemente e interrogados sobre el porqué de su indocilidad, respondieron que se mostraban así porque la habían tomado con ellos, como suele decirse vulgarmente, o porque se veían perseguidos por este o aquel superior.

Informándome, luego, sobre el caso con calma y sin ninguna prevención, hube de convencerme de que la culpa disminuía según se la examinaba, y que, en ocasiones, acababa por desaparecer del todo. Por cuya causa he de confesar con cierto dolor que en la poca sumisión de estos muchachos tenemos nosotros nuestra parte de culpa. He comprobado repetidas veces que quienes exigían a rajatabla silencio, disciplina, exactitud y obediencia, pronta y ciega, de sus alumnos, eran, en cambio, los que conculcaban los saludables avisos que yo u otro superior les dábamos.

Estoy persuadido de que los maestros que no perdonan lo más mínimo a sus alumnos suelen perdonárselo todo a sí mismos. Por ende, si queremos aprender a mandar, aprendamos antes a obedecer, y busquemos con preferencia ser más bien amados que temidos.

Empero, cuando sea necesaria la reprensión y nos veamos obligados a cambiar de proceder, puesto que hay caracteres a los que se precisa domar con el rigor, sepámoslo hacer de tal modo que no despunte ni el más leve indicio de pasión. Y aquí surge espontánea la segunda recomendación que titulo así:

 

Escoger para corregir el momento oportuno

Cada cosa a su tiempo, dice el Espíritu Santo. Yo os digo que, sobreviniendo una de estas situaciones dolorosas, se precisa gran prudencia en saber escoger el momento en que la reprensión sea saludable. Pues las enfermedades del alma exigen, al menos, parecido tratamiento que las del cuerpo. Y nada hay tan peligroso como una medicina mal aplicada o aplicada a destiempo. Un médico experimentado aguarda a que el enfermo esté en condiciones de tolerar la medicina y, en consecuencia, está a la espera del momento favorable. Momento que nosotros solo podemos conocer por la experiencia, perfeccionada por la bondad del corazón. Aguardad, sobre todo, a ser dueños de vosotros mismos. No dejéis transparentar que actuáis por capricho o cólera, pues entonces echaríais por tierra vuestra misma autoridad, y la sanción se tornaría perniciosa.

Aducen aun los profanos el dicho famoso de Sócrates a un esclavo del que estaba descontento: «Si estuviera encolerizado, te golpearía». Nuestros alumnos, finos observadores, aunque pequeños, se dan cuenta, por ligera que sea la conmoción de nuestro rostro o del tono de voz, si es el celo por nuestro deber o el ardor de la pasión lo que enciende en nosotros aquel fuego, y entonces no es menester más para que se malogre todo el fruto del castigo. Ellos, aunque jóvenes, se dan cuenta perfectamente de que solo la razón tiene derecho a corregir.

En segundo lugar, no castiguéis a un muchacho en el mismo momento de haber cometido su falta, no sea que, no estando aún dispuesto a confesar su culpa ni a sofocar la pasión ni a percatarse de la importancia del castigo, se cierre herméticamente con consecuencias a menudo graves. Es necesario darle tiempo para reflexionar, para entrar dentro de sí a calibrar su yerro, y para que sienta la necesidad o la justicia del castigo y, de esta manera, se ponga en disposición de sacar algún provecho.

Siempre me hizo pensar la conducta del Señor para con san Pablo, cuando aún este estaba respirando iras y amenazas contra los cristianos. Y paréceme ver en ella la norma que debemos seguir cuando nos encontremos con corazones reacios a nuestra voluntad. No lo derriba del caballo súbitamente Jesús sino después de largo caminar, después de haberle brindado ocasión de reflexionar acerca de la misión encomendada y lejos de cuantos hubieran podido azuzarle a perseverar en su resolución persecutoria contra los cristianos. Y así, allá, a las puertas de Damasco, se le manifiesta con todo su esplendor y autoridad. Fuerte, al par que mansamente, esclarece su razón para que conozca el error. En aquel preciso momento se transformó la índole de Saulo; y, de perseguidor de Cristo, llegó a ser el Apóstol de las gentes y vaso de elección.

Sobre este divino modelo quisiera yo calcar a mis salesianos, para que, con inspirada paciencia e ingeniosa caridad, esperaran, en nombre de Dios, el momento oportuno para corregir a sus alumnos.

 

Evitad todo asomo de pasión

Con dificultad se conserva, al castigar, la calma necesaria para alejar toda sospecha de que no se actúa para reivindicar la propia autoridad o desahogar la pasión. Y cuanto más enojados estamos, tanto menos nos percatamos de ello. El corazón de padre, de que hemos de estar adornados, condena tal proceder. Tengamos por hijos nuestros a aquellos sobre quienes hemos de ejercer algún dominio. Pongámonos a su servicio cual Jesús, que vino a obedecer y no a mandar, y avergoncémonos de cuanto pueda denotar aire dominador en nuestro porte. No los dobleguemos con nuestra obediencia si no es para prestarles nuestro servicio con mayor placer. Así hacia Jesús: tolerando en sus apóstoles ignorancia, rusticidad y hasta la poca fidelidad; departiendo íntima y familiarmente con los pecadores, hasta el punto de causar estupor en algunos, escándalo en otros y, en los más, santa esperanza del perdón. Jesús nos intima a que aprendamos de él a ser «mansos y humildes de corazón».

Luego si son nuestros hijos, sofoquemos todo conato de pasión al reprender sus yerros o, al menos, moderémosla de manera que parezca dominada del todo. Evitad la agitación de ánimo, las miradas despectivas y las palabras injuriosas. Tratemos de suscitar en nosotros, en el momento de la falta, compasión y esperanza para el porvenir. Y entonces sí que seremos auténticos padres y corregiremos verdadera y eficazmente.

En circunstancias más graves es más eficaz una oración al Señor, un acto de humildad ante él que una tempestad de palabras, las cuales, si por un lado dañan al que las profiere, por otro no reportan ninguna ventaja al que las recibe. Recordemos a nuestro divino Redentor, que perdonó a aquella ciudad que no lo quiso albergar dentro de sus muros, a pesar de las reiteradas insinuaciones de dos de sus apóstoles que, habida cuenta de la majestad de Dios humillada, la habrían visto reducida a pavesas por justo castigo. El Espíritu Santo nos recomienda esta calma con aquellas sublimes palabras de David: «Airaos, pero no pequéis».

Si nos lamentamos a menudo de que es estéril nuestra actividad y no cosechamos sino cardos y espinas, creédmelo, amados de mi alma, hemos de atribuirlo al defectuoso sistema de disciplina. No juzgo oportuno traeros aquí detenidamente la lección solemne y práctica que, un día, quiso Dios dar a su profeta Elías. Tenía el profeta algo en común con algunos de nosotros en el ardor por la causa de Dios y en el celo impetuoso por reprimir los escándalos que veía cundir en la casa de Israel.

Los superiores os lo podrán referir por extenso tal como se lee en el libro de los Reyes. Me limito a la última expresión, que hace tanto a nuestro caso, y es: El Señor no está en la conmoción» (1 Re 19,11), que santa Teresa interpreta: «Nada te turbe». Nuestro querido y dulce san Francisco de Sales, bien lo sabéis, se había trazado severa regla de no proferir palabra mientras su corazón estuviese turbado. En efecto, solía decir: «Temo perder en un cuarto de hora la poca dulzura que he procurado acumular durante veinte años gota a gota, como rocío, en el vaso de mi pobre corazón. Una abeja invierte varios meses en fabricar un poco de miel que un hombre se come de un bocado. Y además, ¿de qué le sirve hablar a quien no entiende?». Reprendido un día por haber tratado con demasiada benevolencia a un joven culpable de falta grave contra su madre, dijo: «Este jovencito no está en condiciones de sacar provecho de mi corrección, porque el mal estado de ánimo le había privado de razón y de juicio. Una corrección agria de nada le hubiera valido; a mí, en cambio, me sería de grave daño y me hubiese sucedido lo que le acaece a los que se ahogan por salvar a otros».

Estas palabras de nuestro admirable patrono, manso y sabio educador de corazones, he querido subrayároslas para llamar más vivamente vuestra atención, así como también para que podáis más fácilmente grabároslas en la memoria. En ocasiones puede ser muy conveniente hablar con un tercero, en presencia del culpable, acerca de la enorme desgracia de los que carecen de cordura y honor hasta obligar a que se les castigue. Es bueno se suspendan las pruebas de confianza y amistad hasta no ver en el delincuente necesidad de consuelo. Nuestro Señor me consoló repetidas veces con tan sencillo artificio.

Resérvese el avergonzar en público como último recurso. Servíos a veces de otra persona autorizada que le avise de lo que vosotros no podríais, aunque quisierais: sánelo este de su vergüenza y lo disponga para tornar sumiso a vuestro lado. Elegid a quien el muchacho pueda abrir, en su pena, más sinceramente el corazón, cosa que tal vez no se atreva a hacer con vosotros por temor de no ser creído o, en su orgullo, por estimarse eximido, ilegítimamente, de hacerlo. Obren estos medios a modo de los discípulos que Jesús solía mandar delante de él para que le preparasen el camino. Convénzasele de que no se persigue otro sometimiento que el que es razonable y necesario. Haced que se condene a sí mismo, y no quedará más que mitigar la pena por él aceptada.

Réstame haceros una última recomendación, siempre en torno a este grave argumento. Una vez hayáis conseguido granjearos aquella voluntad inflexible, os encarezco de corazón que le brindéis no solo la esperanza del perdón, sino también que pueda, con su buena conducta, cancelar la mancha que a sí mismo se atribuya por sus culpas.

 

Comportaos de tal modo que el culpable abrigue esperanzas de perdón

Es menester evitar la ansiedad y los temores suscitados por la corrección, y añadir unas palabras de consuelo. En olvidar y hacer que olviden los tristes días de sus yerros consiste el soberano arte del experto educador. No se lee que Jesús haya recordado sus desvaríos a la Magdalena. Asimismo, con suma y paternal bondad hizo confesar y lavarse a Pedro de su debilidad.

El jovencito, igualmente, quiere estar persuadido de que su superior acepta fundadas esperanzas de su enmienda y sentirse otra vez llevado de su mano por el camino de la virtud. Más se consigue con una mirada caritativa y con palabras alentadoras, que ensanchan el corazón, que con una lluvia de reproches que inquietan y reprimen su vitalidad. He presenciado verdaderas conversiones con este sistema en casos que parecían de todo punto insolubles. Sé que algunos de mis hijos predilectos no tienen reparos en manifestar abiertamente que fueron de este modo ganados para la Congregación y, consiguientemente, para Dios.

Todos los jóvenes tienen sus días malos, como los tenéis vosotros; y ¡ay si no tratamos de ayudarles a que los pasen pronto y sin más contratiempos! A veces, con solo dar a entender que no lo han hecho con malicia basta para evitar que recaigan en la misma falta. Serán culpables, pero desean no ser tenidos por tales. ¡Afortunados de nosotros si sabemos servirnos de tan excelente medio para modelar esos pobres corazones! Creedlo sinceramente, mis queridos hijos: este arte, que parece tan baladí y contrario a todo éxito, hará fecundo vuestro ministerio y conquistaréis corazones que fueron, o por ventura serían, largo tiempo incapaces no solo de felices resultados, sino también de alguna esperanza.

 

Sobre los castigos que deben emplearse y a quién compete su uso

Entonces, ¿nunca se ha de echar mano de los castigos? Sé, queridos de mi alma, que el Señor gusta de compararse a una vara vigilante, para retraernos del pecado también por el temor de las penas. Por consiguiente, nosotros también podemos y debemos imitar, parca y sabiamente, la conducta de Dios trazada con tan maravillosa imagen. Usemos, pues, esta vara, pero sepámoslo hacer con inteligencia, con caridad, a fin de que nuestros castigos produzcan efectos saludables.

Tengamos presente que la fuerza bruta castiga el vicio, pero no cura al vicioso. No se cultiva una planta con ásperos cuidados, como tampoco se educa la voluntad gravándola con un pesado yugo. He aquí algunos castigos que yo querría fueran los únicos que se empleasen entre nosotros:

  • Uno de los medios más eficaces de reprensión moral consiste en una mirada de disgusto, severa y triste del superior, que dé a entender al culpable, a poco corazón que tenga, que cayó en desgracia; esto le moverá, ciertamente, al arrepentimiento y a la enmienda.
  • Corregid en privado y paternalmente. No deis excesivos reproches.
  • Hacedles sentir el disgusto que ocasiona a sus padres y la esperanza de la recompensa; y, a la larga, se verá obligado a mostrarse agradecido y hasta generoso.
  • Si recayere, no seamos tacaños en el perdón; debe amonestársele con seriedad y con pocas palabras; de esta manera podremos ponerle delante de sus ojos su propia conducta, en contraste con los miramientos que se le tienen, echándole así en cara su poca correspondencia a tantas delicadezas, a tantos cuidados para librarlo de la deshonra y de los castigos.
  • Nunca, empero, le dirijáis expresiones humillantes; inspiradle confianza mostrándoos prontos a olvidarlo todo apenas dé señales de mejor conducta.
  • En las faltas más graves se puede acudir a los siguientes castigos: poner de pie en su sitio o en mesa aparte, comer derecho en la mitad del comedor y, si llegase el caso, a la puerta del comedor. Pero, en todos estos casos, ha de servírsele al castigado la misma comida que a sus compañeros.
  • Castigo grave es privar de recreo, mas nunca se ha de poner al sol o a la intemperie, de suerte que sufra daño alguno.
  • El no preguntarle un día la lección puede ser un castigo muy notable; esto, empero, no se prodigue. Y, en cualquier, caso, propóngasele a hacer penitencia de otro modo por su falta.

¿Y qué diré de los pensums (copias)? Tal castigo es, por desgracia, demasiado frecuente. He querido enterarme de lo que al respecto dicen los más célebres educadores. Los hay que los aprueban y quienes los vituperan como cosa inútil y peligrosa; tanto para el maestro como para los discípulos. Yo os doy libertad de acción en este punto, indicándoos, sin embargo, que existe para el maestro el riesgo de cometer excesos sin ningún fruto, y, para el alumno, la ocasión de murmurar y de granjearse la ajena conmiseración por la aparente persecución del maestro. El pensum nada rehabilita y es siempre una vergüenza.

Sé que alguno de nuestros hermanos acostumbraba a dar por pensum el estudio de algún fragmento de poesía o prosa y, de esta manera, obtenía una mayor atención y aprovechamiento intelectual; se verificaba ahí lo que dice san Pablo: «De todo puede sacar provecho para el bien quien busca solo a Dios, su gloria y la salvación de las almas». Este hermano vuestro convertía con los pensums. Yo creo que se trataba de una verdadera bendición de Dios y de un caso realmente raro; pero le resultaba, porque lo veían caritativo.

En cambio, nunca se use del, así llamado, cuarto de reflexión. No hay abismo en que no puedan precipitar al joven la rabia y la afrenta que lo asaltan en castigos de este tipo. El demonio, aquí, adquiere un imperio violentísimo sobre él y lo invita a graves locuras para vengarse así de quien quiso castigarle de aquel modo1.

En los castigos hasta ahora examinados únicamente se tuvieron en cuenta las faltas contra la disciplina del colegio; pero en los casos dolorosos, en que algún alumno diese grave escándalo o cometiese pecado contra el Señor, será llevado inmediatamente al superior, el cual, según le dicte su prudencia, tomará las decisiones eficaces que el caso aconseje. Si no reacciona con todos los medios de enmienda y resulta de mal ejemplo y escándalo, sea alejado sin remisión; pero, eso sí, haciendo lo posible por salvar su honor. Puede conseguirse esto último aconsejando al joven que convenza a sus padres de que lo saquen, o aconsejando sin más a los propios padres un cambio de colegio, con la esperanza de que su hijo mejore en otra parte.

Finalmente, me queda por deciros todavía de quién ha de partir la orden de castigo y cuál ha de ser el tiempo y el modo de castigar. Siempre ha de ser el director el que dé la orden, pero sin que él aparezca. Es cosa suya la corrección privada, porque más fácilmente que los demás puede entrar en los corazones más difíciles; como también pertenece a él la corrección genérica y pública; y también le corresponde la aplicación del castigo, pero sin que, por vía ordinaria, haya de ser él quien lo intime o ejecute.

Por lo tanto, no quisiera que nadie se resolviese a castigar sin previo consejo y aprobación del director, el único a quien corresponde determinar el tiempo, el modo y la clase de castigo. Nadie se sustraiga a esta dependencia de la autoridad ni busque pretextos para eludir su supervisión2.

No tiene que haber excusas para no cumplir regla de tanta importancia. Atengámonos todos a esta disposición que os dejo, y Dios os consolará y os bendecirá por vuestra virtud. Recordad que la educación es empresa de corazones y que de los corazones el dueño es Dios. Nosotros no podemos nada si Dios no nos enseña el arte y no nos pone las llaves en la mano.

Por consiguiente, esforcémonos mucho, con humildad y entera dependencia, en la conquista de esta plaza, que es el corazón, y que siempre estuvo cerrada al rigor y a la acritud. Trabajemos por hacernos amables. Inculquemos denodadamente el sentimiento del deber, del santo temor de Dios, y veremos abrirse con admirable facilidad las puertas de miles de corazones, que se nos asociarán para cantar juntamente las alabanzas y las bendiciones de aquel a quien plugo ser nuestro modelo, nuestro camino y nuestro dechado en todo, pero singularmente en la educación de la juventud.

Rezad por mí y creedme siempre, en el sagrado Corazón de Jesús, afectísimo padre y amigo.

 

JUAN BOSCO, Pbro.

Turín, fiesta de San Francisco de Sales, 29 de enero de 1883.

Pistas para la reflexión:

  • ¿Qué es lo que te ha llamado más la atención? Indica las 10 frases más significativas para ti.
  • ¿Cuál es tu práctica actualmente sobre los castigos? ¿Qué elementos de los expuestos tienes más en mente?
  • ¿Estás de acuerdo con Don Bosco en que en la medida de lo posible no hay que castigar nunca?
  • “La letra con sangre entra». Analiza este refrán castellano a la luz de la carta expuesta.
  • Relee la carta como si estuviera dirigida a ti únicamente. Reflexiona sobre la relación pedagógica que mantienes con los alumnos y analiza los puntos en los que puedes mejorar y los ya logrados a la luz de la carta.